sábado, 18 de mayo de 2013

La botella de caña vacía - Francisco Coloane

La botella de caña vacía

[Cuento. Texto completo]

Francisco Coloane

Dos jinetes, como dos puntos negros, empiezan a horadar la soledad y la blancura de la llanura nevada. Sus caminos convergen y, a medida que avanzan, sus siluetas se van destacando con esa leve inquietud que siempre produce el encuentro de otro caminante en una huella solitaria. Poco a poco las cabalgaduras se acercan. Uno de ellos es un hombre corpulento vestido con traje de chaquetón de cuero negro, montado sobre un caballo zaino, grueso y resistente a los duros caminos de la Tierra del Fuego. El otro, menudo, va envuelto en un poncho de loneta blanca, con pañuelo al cuello, y cabalga un roano malacara, que lleva de tiro un zaino peludo y bajo, perdido entre fardos de cueros de zorros.

-¡Buenas!

-¡Buenas! -se saludan al juntar sus cabalgaduras.

El hombre del chaquetón de cuero tiene una cara blanca, picoteada y deslavada, como algunos palos expuestos a la intemperie. El del poncho, una sonrosada y tierna, donde parpadean dos ojillos enrojecidos y húmedos, cual si por ellos acabara de pasar el llanto.

-¿Qué tal la zorreada? -pregunta el cara de palo, con una voz colgada y echando una rápida ojeada al carguero que lleva las pieles.

-¡Regular no más! -contesta el cazador, depositando una mirada franca en los ojos de su acompañante que, siempre de soslayo, lo mira por un instante.

Continúan el camino sin hablar, uno al lado del otro. La soledad de la pampa es tal, que el cielo, gris y bajo, parece haberse apretado a la tierra que ha desplazado todo rastro de vida en ella y dejado solo y más vivo ese silencio letal, que ahora es horadado sólo por los crujidos de las patas de los caballos en la nieve.

Al cabo de un rato el zorrero tose nerviosamente.

-¿Quiere un trago? -dice, sacando una botella de una alforja de lana tejida.

-¿Es caña?

-¡De la buena! -replica el joven pasándole la botella.

La descorcha y bebe gargareando lentamente. El joven la empina a su vez, con cierta fruición que demuestra gustarle la bebida, y continúan de nuevo en silencio su camino.

-¡Ni una gota de viento! -dice de pronto el zorrero, después de otra tos nerviosa, tratando de entablar conversación.

-¡Mm…, mm…! -profiere el hombre del chaquetón como si hubiera sido fastidiado.

El zorrero lo mira con más tristeza que desabrimiento y comprendiendo que aquel hombre parece estar ensimismado en algún pensamiento y no desea ser interrumpido, lo deja tranquilo y sigue, silenciosamente, a su lado, tratando de buscar uno propio también en el cual ensimismarse.

Van juntos por un mismo camino; pero más juntos que ellos van los caballos, que acompasan el ritmo de sus trancos, echando el zaino de cuando en cuando una ojeada que le devuelve el malacara, y hasta el carguero da su trotecito corto para alcanzar a sus compañeros cuando se queda un poco atrás.

Pronto el zorrero encuentra el entretenimiento con que su imaginación viene solazándose desde hace dos años. Esta vez los tragos de caña dan más vida al paisaje que su mente suele recorrer; este es el de una isla, verde como una esmeralda, allá en el fondo del archipiélago de Chiloé, y en medio de ella el blanco delantal de Elvira, su prometida, que sube y baja entre el mar y el bosque, como el ala de una gaviota o la espuma de una ola. ¡Cuántas veces este ensueño le hizo olvidar hasta los mismos zorros, mientras galopaba por los parajes donde armaba sus trampas! ¡Cuántas veces cogido por una extraña inquietud remontaba con sus caballos las colinas y las montañas, porque cuanto más subía más cerca se hallaba de aquel lugar amado!

De muy diversa índole son las cosas que el trago de caña aviva en la imaginación del otro. Un recuerdo, como un moscardón empecinado que no se logra espantar, empieza a rondar la mente de aquel hombre, y junto con ese recuerdo, una idea angustiosa comienza también a empujarlo, como el vértigo, a un abismo. Se había prometido no beber jamás, tanto por lo uno como por la otra; pero hace tanto frío y la invitación fue tan sorpresiva, que cayó de nuevo en ello.

El recuerdo tormentoso data desde hace más de cinco años. Justamente los que debían haber estado en la cárcel si la policía hubiera descubierto al autor del crimen del austríaco Bevan, el comprador de oro que venía del Páramo y que fue asesinado en ese mismo camino, cerca del manchón de matas negras que acababan de cruzar.

¡Cosa curiosa! El tormento del primer golpe de recuerdos poco a poco va dando paso a una especie de entretenimiento imaginativo, como el del zorrero. No se necesitaba -piensa- tener mucha habilidad para cometer el crimen perfecto en aquellas lejanas soledades. La policía, más por procedimiento que por celo, busca durante algún tiempo y luego deja de indagar. ¿Un hombre que desaparece? ¡Si desaparecen tantos! ¡Algunos no tienen interés en que se les conozca ni la partida, ni la ruta, ni la llegada! ¡De otros se sabe algo sólo porque la primavera descubre sus cadáveres debajo de los hielos!

La tos nerviosa del cazador de zorros vuelve a interrumpir el silencio.

-¿Otro trago? -invita, sacando la botella.

El hombre del chaquetón de cuero se remueve como si por primera vez se diera cuenta de que a su lado viene alguien. El zorrero le pasa la botella, mientras sus ojos parpadean con su tic característico.

Aquél descorcha la botella, bebe, y esta vez la devuelve sin decir siquiera gracias. Una sombra de malestar, tristeza o confusión vuelve a cruzar el rostro del joven, quien a su vez bebe dejando la botella en la mitad.

El tranco de los caballos continúa registrándose monótonamente en el crujido de la nieve, y cada uno de los hombres prosigue con sus pensamientos, uno al lado del otro.

"Con esta última zorreada completaré la plata que necesito para dejar la Tierra del Fuego", piensa el zorrero. "Al final de la temporada, iré a mi isla y me casaré con Elvira".

Al llegar a esta parte de su acostumbrado sueño, entrecierra los ojos, dichoso, absolutamente dichoso, porque después de ese muro de dicha ya no había para él nada más.

En el otro no había muro de dicha; pero sí un malsano placer, y como quien se acomoda en la montura para reemprender un largo viaje, acomoda su imaginación desde el instante, ya lejano, en que empezó ese crimen.

Fue más o menos en ese mismo lugar donde se encontró con Bevan; pero las circunstancias eran diferentes.

En el puesto de Cerro Redondo supo que el comprador de oro iba a cruzar desde el Páramo, en la costa atlántica, hasta río del oro, en la del pacífico, donde debía tomar el barco para trasladarse a Punta Arenas.

En San Sebastián averiguó la fecha de la salida del barco, y calculando el andar de un buen caballo se apostó anticipadamente en el lugar por donde debía pasar.

Era la primera vez que iba a cometer un acto de esa índole y le extrañó la seguridad con que tomó su decisión, cual si se hubiera tratado de ir a cortar margaritas al campo, y más aún, la serenidad con que lo planeó. Sin embargo, un leve descubrimiento, algo helado, lo conmovía a veces por unos instantes; pero esto lo atribuía más bien al hecho de que no sabía con quién tenía que habérselas. Un comprador de oro no podía ser un carancho cualquiera si se aventuraba solo por aquellos parajes. Pero a la vez le decía que ese desasosiego, eso algo helado, le venía de más adentro. Sin embargo, no se creía cobarde ni lerdo de manos; ya se lo había probado en Policarpo, cuando por culpa de unos naipes marcados tuvo que agarrarse a tiros con varios, dando vuelta definitivamente a uno.

Claro que ahora no se trataba de una reyerta. ¡Era un poco distinto matar a sangre fría a un hombre para quitarle lo que llevaba, a hacerle lo mismo jugándole al monte!

¿Pero qué diablos iba a hacerle! La temporada de ese año había estado mala en la Tierra del Fuego. Era poco menos que imposible introducir un "zepelín" en una estancia. Y ya la gente no se apiñaba a su alrededor cuando baraja en mano invitaba con ruidosa cordialidad "hagamos un jueguito, niños, para entretenernos". Además, muchos eran ya los que habían dejado uno o más años de sudores en el "jueguito", y cada vez se hacía más difícil volver a pasar por los lugares donde más de una exaltada víctima había sido contenida por el caño de su Colt.

Tierra del Fuego ya no daba para más, y el "negocio" de Bevan era una buena despedida para "espiantar" al otro lado del Estrecho, hacia la Patagonia.

"¡Bah!", se dijo la mañana en que se apostó a esperar al comprador de oro y como para apaciguar ese algo helado que no dejaba de surgir de vez en cuando desde alguna parte de su interior. "Si él me hubiera jugado al monte le habría ganado hasta el último gramo de oro, y al fin y al cabo todo hubiera terminado en lo mismo, en un encontrón en el que iba a quedar parado solo el más vivo".

Cuando se tendió al borde de una suave loma para ver aparecer en la distancia al comprador de oro, una bandada de avutardas levantó el vuelo como un pedazo de pampa que se desprendiera hacia el cielo y pasó sobre su cabeza disgregándose en una formación triangular. Las contempló, sorprendido, como si viera alejarse algo de sí mismo de esa tierra; era una bandada emigratoria que dirigía su vuelo en busca del norte de la Patagonia. Cada año ocurría lo mismo: al promediar el otoño todos esos pájaros abandonaban la Tierra del Fuego y sólo él y las bestias quedaban apegados a ella; pero ahora él también volaría, como las avutardas, en busca de otros aires, de otras tierras y quién sabe si de otra vida…

¿Nunca vio tan bien el pasto como esa tarde! La pampa parecía un mar de oro amarillo, rizado por la brisa del oeste. ¡Nunca se había dado cuenta de la presencia tan viva de la naturaleza! De pronto, en medio de esa inmensidad, por primera vez se dio cuanta de sí mismo, como si de súbito hubiera encontrado otro ser dentro de sí. Esta vez, eso algo helado surgió más intensamente dentro de él y lo hizo temblar. A punto estuvo de levantarse, montar a caballo y huir a galope tendido de ese lugar, mas echó mano atrás, sacó una cantimplora tableada, desatornilló la tapa de aluminio y bebió un trago de la caña con que solía espantar el frío y que en esta ocasión espantó también ese otro frío que le venía desde adentro.

A media tarde surgió en lontananza un punto negro que fue destacándose con cierta nitidez. Inmediatamente se arrastró hondonada abajo, desató las maneas del caballo, montó y partió al tranco, como un viajero cualquiera. Escondiéndose detrás de la loma, endilgó su cabalgadura de manera que pudo tomar la huella por donde venía el jinete, mucho antes de que este se acercara.

Continuó en la huella con ese tranco cansino que toman los viajeros que no tienen apuro en llegar. Se dio vuelta una vez a mirar, y por la forma en que el jinete había acortado la distancia se percató de que venía en un buen caballo trotón y de que llevaba otro de tiro, alternándolos en la montura de tiempo en tiempo.

Sacó otra vez la cantimplora, se empinó otro trago de caña y se sintió más firme en los estribos.

"Si con ese trote pasa de largo", pensó, "me será más fácil liquidarlo de atrás. Si se detiene y seguimos juntos el camino, la cosa se hará más difícil".

El caballo fue el primero en percibir el trote que se acercaba; paró las orejas y las movió como dos pájaros asustados. Luego él también sintió el amortiguado trapalón de los cascos de los caballos sobre la pampa; fue un golpe sordo que llegó a repercutirle extrañamente en el corazón. De pronto le pareció que el atacado iba a ser él, y sin poderse contener dio vuelta la cabeza para mirar. Un hombre grande, entrado en años, con el rítmico trote inglés, avanzaba sobre un caballo negro empapado de sudor y espuma; a su lado trotaba un alazán tostado, de relevo. Notó una corpulencia armónica entre el hombre y sus bestias, y por un momento se acobardó ante la vertiginosa presencia del que llegaba.

Ya encima, los trotones se detuvieron de golpe en una sofrenada, a la izquierda de él. A pesar de que había dejado un lugar para que pasara a su derecha, el comprador de oro se ladeó prudentemente hacia el otro lado.

Le pareció más un vagabundo de las huellas que un comerciante de oro. Boina vasca, pañuelo negro al cuello, amplio blusón de cuero, pantalones bombachos y botas de potro por cuyas cañas cortas se asomaban burdas medias de lana blanca. Esta vestimenta, vieja, raída y arrugada, armonizaba con el rostro medio barbudo, largo y cansado; sin embargo, en una rápida ojeada percibió un brillo penetrante en los ojos y un mirar soslayado que delataban una energía oculta o domeñada, que podía movilizar vigorosamente, cual un resorte, toda esa corpulencia desmadejada en un instante.

-¡Buenas tardes! -dijo, poniéndose al tranco de la otra cabalgadura.

-¡Buenas! -le contestó.

-¿A San Sebastián?

-¡No, para China Creek!

El acento con que se entrecruzó este diálogo no lo olvidaría jamás, pues le extrañó hasta el sonido de su propia voz. Sintió que lo miraba de arriba abajo buscándole la vista; pero él no se la dio, y así siguieron, silenciosos, uno al lado del otro, al tranco de sus cabalgaduras, amortiguado por el césped del pasto coirón.

De pronto, con cierta cautelosa lentitud, deslizó su mano hacia el bolsillo de atrás. Se dio cuenta de que el comprador de oro percibió el movimiento con el rabillo del ojo, y, a la vez, con una rapidez y naturalidad asombrosas, introdujo también su mano izquierda por la abertura del blusón de cuero. Ambos movimientos fueron hechos casi al unísono. Pero él sacó de su bolsillo de atrás la cantimplora de caña… y se la ofreció desatornillándola.

-¡No bebo, gracias! -contestole, sacando a su turno, lentamente, un gran pañuelo rojo con el que sonó ruidosamente las narices.

Quedaron un rato en suspenso. El trago de caña le hizo recuperar la calma perdida por aquel instante de emoción; mas no bien se hubo repuesto, el comprador, sin perderle de vista un momento, espoleó su cabalgadura y apartándose en un rápido esguince hacia la izquierda, le gritó:

-¡Hasta la vista!

-¡Hasta la vista! -le contestó: pero al mismo tiempo un golpe de angustia violento cogió todo su ser y vio el cuerpo de su víctima, sus ropas, su cara, sus caballos mismos, en un todo obscuro, como el boquete de un abismo, cual el imán de un vértigo que lo atraía desesperadamente, y sin poderse contener, casi sin mover la mano que afirmaba en la cintura, sacó el revólver que llevaba entre el cinto y el vientre y disparó casi a quemarropa, alcanzando a su víctima en pleno esguince. Con el envión que llevaba, el cuerpo del comprador de oro se ladeó a la izquierda y cayó pesadamente al suelo, mientras sus caballos disparaban despavoridos por el campo.

Detuvo su caballo. Cerró sus ojos para no ver a su víctima en el suelo, y se hundió en una especie de sopor, del cual fue saliendo con un profundo suspiro de alivio, cual si acabara de traspasar el umbral de un abismo o de terminar la jornada más agotadora de su vida.

Volvió a abrirlos cuando el caballo quiso encabritarse a la vista del cadáver, y se desmontó, ya más serenado.

Los ojos del comprador de oro habían quedado medio vueltos, como si hubieran sido detenidos en el comienzo de un vuelo.

La conmoción lo agotó; pero después del vértigo tan intenso cayó en una especie de laxitud, en medio de la cual, más sensible que nunca, fue percibiendo lentamente ese algo helado que le venía desde adentro. Se estremeció, miró al cielo y le pareció ver en él una inmensa trizadura, azul y blanca, como la que había en los descuajados ojos de Bevan.

Del cielo volvió su mirada a la yerta del cadáver, y sin darse cuenta de lo que iba a hacer, se acercó, lo tomo, lo alzó como un fardo, y al ir a colocarlo sobre la montura de su caballo, este dio un salto y huyó desbocado campo afuera, dejándole el cadáver en los brazos.

Estático, se quedó con él a cuestas; pero pesaba tanto, que para sostenerlo cerró los ojos haciendo un esfuerzo; esfuerzo que se fue transformando en un dolor; dolor que se diluyó en un desconsuelo infantil, sintiéndose inmensamente solo en medio de un mundo descorazonado y hostil. Cuando los abrió, el pasto de la pampa tenía un color brillante, enhiesto y rojo, como una sábana de fuego que le quemara los ojos. Miró a su alrededor, desolado, y como a cien metros vio un grupo de matas negras. Quiso correr hasta ellas para ocultar el cadáver; quiso huir en la dirección en que había partido el caballo; pero no pudo, dio solo unos cuantos pasos vacilantes, y para no caer, se sentó sobre el pasto. Tembloroso, desatornilló la cantimplora y bebió el resto de la caña. Luego, más repuesto, se levantó siempre obsesionado por la idea de esconder el cadáver, y no encontrando dónde lo poseyó un furor, otro abismo y otro vértigo y, sacando de la entrebota un cuchillo descuerador, despedazó a su víctima como si fuera una res.

En el turbal que quedaba detrás de unas matas negras, levantó varios champones y fue ocultando los trozos envueltos en las ropas. Cuando vio que sobre la turba no quedaba más que la cabeza, lo asaltó de súbito un pensamiento que lo enloqueció de espanto: ¡El oro! ¡No se había acordado de él!

Miró. Sobre la turba pardusca no quedaba más que la cabeza de Bevan, mirando con sus ojos descuajados. No pudo volver atrás. Ya no daba más, el turbal entero empezó a temblar bajo sus pies; las matas negras, removidas por el viento, parecían huir despavoridas, como si fueran seres; la pampa aceró su fuego, y la trizadura azul y blanca se hendió más en el cielo.

Tomó la cabeza entre sus manos para enterrarla; pero no halló donde; todo huía, todo temblaba; la trizadura que veía en los ojos cadavéricos y en la comba del cielo empezó a trizar también los suyos. Parpadeó, y las trizaduras aumentaron; mil agujillas de trizaduras de luz traspasaron su vista, le cerraron todo el horizonte, y entonces, como una bestia enceguecida, corrió detrás de las matas negras que huían, alcanzó a tirar la cabeza en medio de ellas, y siguió corriendo hasta caer de bruces sobre la pampa, trizado él también por el espanto.

-¿Qué tiene? ¡Está temblando! -irrumpe el joven zorrero al ver que su compañero de huella tirita, mientras gruesas gotas de sudor le resbalaban por la sien.

-¡Oh!… -exclama sobresaltado, y, como reponiéndose de un susto, se abre en su cara por primera vez una sonrisa, helada, como la de los muertos empalados, dejando salir la misma voz estragada-. ¡La caña…, la caña para el frío me dio más frío!…

-Si quiere, queda un poco todavía -le dice el zorrero, sacando la botella y pasándosela.

La descorcha, bebe y la devuelve.

"¡Pero, a este lo mato como a un chulengo, de un rebencazo!", piensa, sacudiéndose en la montura, mientras la caña le recorre el cuerpo con la misma y antigua onda maléfica.

-¿Le pasó el frío? -dice el joven, tratando de entablar conversación.

-Ahora sí.

-Esta es mi última zorreada. De aquí me voy al norte a casarme.

-¿Ha hecho plata?

-Sí, regular.

"Éste se entrega solo, como un cordero", piensa para sus adentros, templado ya hasta los huesos por el trago de caña.

-¡Hace cinco años yo pasaba también por este mismo lugar para irme al norte y perdí toda mi plata!

-¿Cómo?

-No sé. La traía en oro puro.

-¿Y no la encontró?

-¡No la busqué! ¡Había que volver para atrás y no pude!

El cazador de zorros se lo quedó mirando, sin comprender.

-¡Buena cosa, dicen que la Tierra del Fuego tiene maleficio! ¡Siempre le pasa algo al que se quiere ir!

-¡De aquí creo que no sale nadie! -dijo, mirando de reojo el cuello de su víctima, y pensando que era como el de un guanaquito que estaba al alcance de su mano.

"Bah"... continuó pensando, "esta vez sí que no me falla! ¡El que se va a ir de aquí voy a ser yo y no él! ¡La primera vez no más cuesta; después es más fácil, y ya no se me pondrá la carne de gallina!"

El silencio vuelve a pesar entre los hombres, y no hay más ruido que el monótono fru-fru de los cascos de los caballos en la nieve.

"¡Ahora, ahora es el momento de despachar a este pobre diablo de un rebencazo en la nuca!", piensa, mientras la caña ha aflojado y la olvidada onda helada vuelve a surgir de su interior; pero esta vez más leve; como más lento y sereno es también el nuevo vértigo que empieza a cogerlo y no le parece tan grande el umbral del abismo que va a traspasar.

Con un vistazo de reojo mide la distancia. Da vuelta el rebenque, lo toma por la lonja, y afirma la cacha sobre la montaña, disimuladamente. Ajeno a todo, el zorrero solo parece pensar en el monótono crujido de los cascos en la nieve.

"!A éste no hay nada que hacerle, la misma nieve se encargará de cubrirlo!", se dice, dispuesto ya a descargar el golpe.

Contiene levemente las riendas para que su cabalgadura atrase el paso y… entre ese parpadeo él ve, idénticos, patéticos, los ojos de Bevan, la honda trizadura del cielo, la mirada trizada de la cabeza tronchada sobre la turba; las mil trizaduras que como agujillas vuelven a empañarle la vista, y, enceguecido, en vez de dar el rebencazo sobre la nuca de su víctima, lo descarga sobre el anca de su caballo, entierra la espuela en uno de los ijares y la bestia da un brinco de costado, resbalándose sobre la nieve. Con otra espoleada, el corcel logra levantarse y se estabiliza sobre sus patas traseras.

-¡Loco el pingo! ¿Qué le pasa? -exclama el zorrero, sorprendido.

-¡Es malo y espantadizo este chuzo! -contesta, volviendo a retomar la huella.

Vuelve a reinar el silencio, solo, pesado, vivo, y a escucharse el crujido de los cascos en la nieve; pero poco a poco un leve rumor comienza también a acompasar al crujido: es el viento del oeste que empieza a soplar sobre la estepa fueguina.

El zorrero se arrebuja en su poncho de loneta blanca. El otro levanta el cuello de su chaquetón de cuero negro. En la distancia, como una brizna caída en medio de esa inmensidad, empieza a asomar una tranquera. Es la hora del atardecer. El silbido del viento aumenta. El zorrero se encoge y de su mente se espanta el blanco delantal de Elvira, como la espuma de una ola o el ala de una gaviota arrastrada por el viento. El otro lado levanta su cara de palo como un buey al que le han quitado un yugo y la pone contra las ráfagas. Y ese fuerte viento del oeste, que todas las tardes sale a limpiar el rostro de la Tierra del Fuego, orea también esta vez esa dura faz, y barre de esa mente el último vestigio de alcohol y de crimen.

Han traspasado la tranquera. Los caminos se bifurcan de nuevo. Los dos hombres se miran por última vez y se dicen.

-¡Adiós!

-¡Adiós!

Dos jinetes, como dos puntos negros, empiezan a separarse y a horadar de nuevo la soledad y la blancura de la llanura nevada.

Junto a la tranquera queda una botella de caña, vacía. Es el único rastro que a veces deja el paso del hombre por esa lejana región.

FIN

sábado, 11 de mayo de 2013

Crímenes inhumanos en el cuerno de África

La ONU y los 250.000 muertos somalíes Crímenes inhumanos en el Cuerno de África

Thomas C. Mountain CounterPunch

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

La ONU ha anunciado que entre los años 2010 y 2012, que incluyen el período de la sequía en el Gran Cuerno de África, al menos 250.000 somalíes murieron de hambre.

La mayoría de quienes murieron de inanición eran personas internamente desplazadas a causa, sobre todo, de la invasión militar y la ocupación del sur de Somalia por el ejército etíope con el apoyo de la ONU, ejército al que siguieron los “mantenedores de la paz” de la Unión Africana, alcanzándose en estos momentos la cifra de 25.000 efectivos.

La última vez que escribí sobre el hambre en Somalia expuse que la ONU dedicaba un presupuesto de diez centavos de dólar al día a ayuda alimentaria para dar de comer a cada refugiado somalí. Se denomina “déficit presupuestario”, algo así como “queremos ayudar pero sucede que no tenemos dinero”.

Sin embargo, durante ese período de hambruna masiva del pueblo somalí, la ONU y sus mandamases occidentales gastaron más de 1.000 millones de dólares para financiar su “misión militar para el mantenimiento de la paz” en lo que quedaba del país.

¿Mil millones de dólares para la guerra y 250.000 somalíes abandonados hasta morir de hambre?

Quizá el hecho de saber que el jefe de la mayor “ONG” de ayuda alimentaria de la ONU en Somalia, la UNICEF, es Anthony “Tony” Lake, ex Asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que fue una vez propuesto para ser Director de la CIA, pueda ayudarles a entender por qué las cosas sucedieron así.

Tony Lake es uno de los que afirmaron miserablemente que “lamentaba” no hacer nada aunque conocía a la perfección los asesinatos masivos que se perpetraron en Ruanda bajo su mirada en 1994 cuando era la mano derecha de Bill Clinton. ¿De la CIA a la UNICEF? ¿Tendríamos que sorprendernos de encontrar una hambruna masiva bajo su mandato en Somalia?

Actualmente, mientras las maquinarias propagandísticas en los medios occidentales hablan de la “paz y democracia que llegan a Somalia por vez primera en toda una generación”, algunos olvidan cómo los mismos somalíes llevaron la paz a Mogadiscio en 2006 sólo para ver cómo el apoyo de la ONU a la invasión etíope acababa convirtiendo todo en humo.

Los canales de información de televisión pueden echar mano de unos cuantos somalíes domesticados para que suelten la retórica de que son los “somalíes quienes dirigen el cotarro” mientras detrás de las cámaras están “los mantenedores de la paz” armados hasta los dientes por la ONU con el apoyo de las dictaduras bancarias de Occidente.

El hecho es que ninguna potencia, no importa cuán fuerte sea, puede llevar la paz a Somalia desde fuera, eso es algo que sólo puede conseguir el pueblo somalí si le dejan que resuelva sus propios problemas. En 2006, los éxitos conseguidos por la Unión de Tribunales Islámicos por vez primera en quince años fueron inútiles debido a la intervención armada ordenada por Estados Unidos y sus secuaces en la ONU. Este conflicto armado, financiado y dirigido desde fuera, continúa expulsando a cientos de miles de somalíes de su tierra y hogares dejándoles morir de hambre gracias a la generosidad de los diez centavos de dólar al día de las Naciones Unidas.

Y cuantas más armas fluyan hacia Somalia desde Occidente, con la Pax Americana exigiendo que se levanten todas y cada una de las restricciones que puedan figurar en el papel, todo en nombre de la “guerra contra el terror”, una “guerra terrorífica” de verdad prosigue su curso, una guerra contra el pueblo somalí, cuya principal desgracia es la de vivir a horcajadas entre la región del Cuerno de África y la “Puerta de las Lágrimas”, Baab Al Mandeb, donde el Océano Índico se funde con el Mar Rojo, vía de la que dependen las mayores economías mundiales para enviar sus productos.

Es muy doloroso seguir teniendo que escribir acerca de los enormes e inhumanos crímenes perpetrados por las Naciones Unidas en el Cuerno de África, pero cuando la ONU envía a sus cabezas parlantes a decirle al mundo que más de un cuarto de millón de somalíes han muerto a causa de la hambruna a lo largo de estos dos útimos años, ¿qué opción le queda a uno sino levantar de nuevo su voz para protestar? Porque desviar la mirada del televisor pretendiendo no haber oído nada es algo con lo que uno no podría vivir.

Thomas C. Mountain es el único periodista occidental independiente en el Cuerno de África. Vive e informa desde Eritrea desde 2006. Puede contactarse con él en: thomascmountain@yahoo.com

Fuente: http://www.counterpunch.org/2013/05/07/the-un-and-250000-dead-somalis/

jueves, 2 de mayo de 2013

¿Crepúsculo de los valores? Pos-Modernidad y Ética - Carlos Dore

¿Crepúsculo de los valores? Pos-Modernidad y Ética

Carlos Dore Cabral

Este articulo está inspirado en los debates que se realizaron en la Fundación Global Democracia y Desarrollo el pasado día 6 sobre el libro “¿Adónde van los valores?”, que recoge los estudios de 51 especialistas internacionales sobre el tema y que editó Jerome Binde para la UNESCO. El artículo está dividido en dos entregas, en la primera –que es esta– se explica el efecto disruptivo de la pos-modernidad sobre la ética del deber y en la segunda se ensayan respuestas directas a la pregunta que le da nombre al trabajo.

Arribamos al siglo 21 con la perplejidad que nos provoca la ausencia de certidumbres. La rapidez y naturaleza de los cambios nos desbordan, el horizonte de nuestros conocimientos se achica y como si todo esto fuera poco, la idea del progreso a través de la razón que nos vendió la modernidad terminó desvaneciéndose como pompa de jabón.

Se habla de que vivimos la era de la pos-modernidad, que en nuestro caso, por lo menos, habría que aceptar el hecho de que sus valores distintivos conviven con la pre-modernidad a consecuencia de la modernidad incompleta que se evidencia en los países de capitalismo tardío.

La modernidad se inicia con la muerte de Dios, despojando de ese modo toda referencia religiosa a la cuestión moral y se autonomiza la voluntad del sujeto que orienta sus acciones con la idea del progreso al que llegará apoyado en la razón. En la modernidad, los sujetos tienen la certeza de que el futuro será mejor que el presente, que los seres humanos alcanzarán la libertad plena y en consecuencia, el fin aristotélico de la felicidad.

Pero en la pos-modernidad se instala el descreimiento y el escepticismo en que el progreso conduzca al bienestar de la humanidad. Las grandes metas relatos se desplomaron cuando de aspiraciones se convirtieron en realidades que no cumplieron con las expectativas discursivas que precedió a su instauración. De ese modo, en la pos-modernidad acontece una desvalorización de los ideales, de los grandes proyectos emancipatorios, etcétera, que dejan un vacío muchas veces llenado por la desazón y el pesimismo, la pérdida de fe en los proyectos colectivos, dando lugar a un aislamiento del individuo que se debate y agota en su mismidad. Y es que el hombre (y la mujer) posmodernos tal como lo pregona Lyotard se sienten cada vez más alejados de incidir con sus acciones en el curso de la historia, porque los acontecimientos se colocan en una esfera independiente de sus actos.

Acontece una suerte de vaciamiento de los referentes éticos evidenciándose una crisis de autoridad que incluye a las instituciones con que la modernidad organizó la sociedad para alcanzar su ideal de progreso. Ideal que para lograrlo, se apoyó en una ética del deber que hoy es reemplazada por la ampliación de los derechos individuales centrados en la realización personal del individuo que no se identifica con los anteriores valores como el preconizado por la deondotología kantiana y su imperativo categórico en el sentido de obrar de tal modo que la máxima de la voluntad de un individuo pueda valer siempre como principio de una legislación universal.

En ese escenario, la pos-modernidad implica el crepúsculo de la ética del deber y la emergencia de seres humanos centrados en un individualismo narcisista y por tanto patológicamente egoísta, centrado en el hedonismo que se manifiesta primariamente en el culto al cuerpo y a la juventud, relaciones frágiles y efímeras con los seres humanos y las cosas, extensión del tiempo libre y el ocio así como el entregarse al consumo, aparejado con identidades que se adquieren por el acceso al mercado y no por la adscripciones ideológicas. La búsqueda de gratificación y la realización personal se convierten en el ideal supremo. El problema ontológico se resuelve sustituyendo la realidad por la imagen, nuevo objeto de adoración, victoria del parecer sobre el ser. Es la época de los medios de comunicación de masas funcionando hasta el paroxismo, creando la realidad.

Pero tal y como lo he tratado en diversos artículos, también asistimos a un discurso-realidad aparentemente contradictorio con el signo epocal, ellos así, porque el individualismo no supone la ausencia total de valores, de apelación de un determinado comportamiento moral. Es también el tiempo donde se aprecia un cierto renacimiento ético en el que los mismos seres humanos que se entregan a la realización personal sin ningún apego a valores como la abnegación y el desprendimiento solidario, reclaman ciertas normas relativas a la eficiencia, el éxito, la igualdad de oportunidades, necesidad de un desarrollo sostenible, etcétera, que al fin y al cabo, son reclamos de comportamiento moral medidos éticamente como las virtudes necesarias para la consecución de los fines del individuo. La posmodernidad no es el caos es más bien la instalación en lo social de un compromiso ético débil, anémico con aquellos valores que no obstaculizan la libertad individual. En ese sentido, más que individualismo, acontece la era del neo-individualismo, una cierta mezcla de negación del deber que al mismo tiempo necesita mantener las condiciones necesarias para su propia reproducción y lo hace, por medio de una ética que administre el individualismo desenfrenado sin prescribirlo como comportamiento moral consustancial a los tiempos actuales. Por esa razón para algunos, la preocupación moral de la posmodernidad no es contentiva de valores auténticos sino una indignación por todo lo que limite la libertad individual. La moral pos-moderna, ha desechado al moralismo y su antinomia, no le interesa lo virtuoso en sí mismo, sino obtener respecto, como lo plantea Lipovestsky. Es una moral indolora donde el neo-hedonismo no conoce ni se reconoce en la culpabilidad aunque pueda convivir con el reclamo contra la pena de muerte, el respeto a las opciones sexuales, derecho al aborto y transparencia de la gestión de lo público.

Por esas y otras razones, para Gilles Lipovestsky, vivimos la era de las sociedades pos-moralistas, pero si toda moral anterior se fundamenta en el deber como motivación de los acciones humanas, entonces, asistimos a la época del pos-deber porque la obligación moral no moviliza las conductas de los seres humanos, ese rol se ha transferido a la satisfacción del deseo. Si la modernidad con su “muerte de Dios” seculariza las éticas religiosas y la razón desplaza a Dios como garante de la conducta humana; con Kant la voluntad humana se adecua a la ley de la razón constituyendo el deber, que presenta la condición de autonomía porque la ley no le llega desde fuera. Desde ese punto de vista, la ética del deber excluye las consideraciones en torno a los efectos de la acción, se actúa por el deber mismo y en el caso de las personas, nos relacionamos considerándolas como un fin y no como medio. La kantiana es la ética de la obligación (todo deber lo es) que se ocupa exclusivamente de las leyes que debemos obedecer, donde se actúa sin considerar moralmente las consecuencias porque la moralidad se define por la intención, esfera autónoma, independiente, ajena a los fines perseguidos. La primera etapa de secularización ética mantuvo al deber como centro de la conducta moral, lo que cambia es el mandato y su procedencia, ya es interno y autónomo.

La ética kantiana fue enfrentada visceralmente por Federico Niezstche quien llegó a proclamar que el imperativo categórico, y el deber que es su consecuencia, son ficciones cerebrales que expresan el agotamiento de la voluntad, la decadencia, el instinto de rebaño que prioriza en su conducta la obediencia.

Para Niezstche, lo bueno es bueno porque individualmente se ama y no es la razón de todos. Si el racionalismo se asentó sobre la voluntad del saber, con Niezstche se transmutó en voluntad de poder cuya realización se daría con el superhombre, un nuevo ser humano no atado a los dictámenes del deber porque es el querer lo que lo libera porque lo bueno se relaciona con la vida, la fuerza vital, el predominio de lo dionisiaco que afirma la vida como voluntad de poder.

El teleologismo historicista de Hegel y Marx también se enfrentó al imperativo categórico de Kant para explicar la naturaleza de las acciones de los hombres y mujeres, relativizando la ética en la medida de que los seres humanos se movilizaban por las fuerzas prometeicas de la Historia que al final, imponía su propia lógica. Pero tanto en Hegel como en Marx, la ruptura con la ética kantiana no supuso desplazar la centralidad del deber, sólo que esta vez adquirió un determinismo histórico, con sus emancipadores y disciplinadores de los demás.

Pero la ética, al secularizarse, también dejó de ser objeto exclusivo de filósofos (en principio no se diferenciaba ética de filosofía) pensadores como Nicolás Maquiavelo, Max Weber y Antonio Gramsci hicieron interesantes aportes, al menos desde la perspectiva de la ética aplicada a saberes y disciplinas específicas.

Maquiavelo separa la ética de la política que opera con una lógica que no toma en cuenta la moral en la medida de que sus acciones son instrumentales con el fin último de alcanzar y preservar el poder. A decir de Gramsci, esa separación analítica es la gran contribución de Maquiavelo porque no sólo contribuye a beneficiar al Príncipe sino también a las clases subalternas.

Para él la política no se reduce a la razón de Estado impuesta por la fuerza o la sagacidad del gobernante porque su concepción de la política no aniquila la moral sino que la reditúa importantizando la política tanto como praxis y como saber en un orden superior a la ética. Presupone la necesidad de una moral distinta a la cristiana para dar paso al laicismo de las costumbres y en consecuencia, una esfera de la política que se mantenga con determinados principios éticos compartidos socialmente, es decir, en las organizaciones que los individuos crean para tal fin y que sirven para compactar al grupo y lo pone en condiciones de alcanzar determinado fin.

Esa concepción se antepone a la idea kantiana del imperativo categórico que la misma supone una solo cultura y condiciones de existencia semejantes en el planeta, desnudando un proyecto con pretensiones universalistas que no entiende las diferencias históricas y culturales, generalizando, universalizando una ética vía su desvinculación con la historia.

Weber en cambio no sólo fue el gran indagador de los valores (su incidencia en la investigación) sino que también nos presenta dos posibilidades éticas en el ámbito de la acción política y que sirven para su enjuiciamiento: una "ética de la convicción" y una "ética de la responsabilidad.

La primera se realiza por medio de una obligación moral (deber) y una de apego intransigente a los principios. Ve el peligro de la imposición fanática. La ética de la responsabilidad en cambio, el profesional de la política valora las consecuencias de sus actos, así como los medios que sirven a determinados fines. En ese sentido, a la acción le antecede un juicio, pero además parte de una racionalidad instrumental que es que la apuesta a alcanzar el éxito. De ese modo, la acción política no puede depender solamente de la racionalidad de los valores, precisa reflexionar sobre las herramientas (medios) que conducen a la realización de esos valores, lo contrario sería ingenuidad evangélica, útil para salvar almas pero no para gobernar voluntades.

A esta ética, Habernas le llama racionalidad instrumental, porque el actor se sitúa en una racionalidad orientada al éxito pero además tiene una naturaleza utilitaria porque persigue maximizar la utilidad de su acción como beneficio.

Pero hay otra racionalidad, la comunicativa, en la que los actores en principio no se orientan a perseguir su propio éxito sino al entendimiento, que acusa un valor moral importante y que resulta un tipo de ética consustancial a la forma de vida en democracia.

Este limitado recorrido nos conduce a la interrogante inicial implícita, en el sentido de si asistimos a un real crepúsculo de los valores. Algunos prefieren llamarle la reversión de los valores, otros, la readecuación de los mismos y otros, prefieren hablar de nuevos que se instalan y son referentes morales.

Evidente que la reflexión implica abundancia de tiempo y tópicos que desbordan esta breve presentación cuya pretensión simplemente es situar esquemáticamente la problemática para que el expositor principal pueda en lo posible saltar detalles, conseguir algún atajo que lo centre y concentre en sus propuestas esenciales.

Pienso que una aproximación a una respuesta probable, tiene que enfatizar en el hecho cierto de que en la época del posdeber, los medios de comunicación no sólo se convierten en la realidad de la interconexión del planeta sino que juegan un papel centrar en la constitución de nuevo valores, en este caso, consustanciales a la llamada cultura occidental, que pretende, como sabemos la homogenización vía la imposición y el cambio de ciudadanos por consumidores.

Con su instantaneidad y mundialización crean la realidad, una realidad que se percibe como lo que se ve y por lo tanto, se vende como espectáculo sin que haya un cuestionamiento de su fragmentación y apuestas ideológicas. Y como espectáculo, la realidad se exhibe despojándola de valores que estimulen la criticidad porque los hechos no sólo se construyen como lo planteaba acertadamente Durkeim, sino que importan más que los valores en esa lógica de teatralización de la vida, donde lo privado progresivamente se convierte en público, pero a condición de que lo público se perciba como la arena donde se mueven los ciudadanos disciplinados, a la manera de Focault, es decir, desprovistos o programados para la ausencia de acciones cuestionadoras.

Pero también es la época de las corporaciones transnacionales que imponen su lógica de funcionamiento a nivel planetario, que además de exarcebar el consumo a partir del goce individual despojado de toda aspiración del disfrute colectivo, también crea una nueva ética centrada en la iniciativa personal, la responsabilidad y eficiencia como mecanismos de consecución del éxito económico. Pero además, una noción de la ética como estrategia comunicacional y por tanto, no sustentada en valores morales, que les permita a las empresas mantener una "buena imagen" con la sociedad independientemente de del criterio de verdad que sirva para fijar los límites.

En fin una época donde predomina la moral de la ganancia por encima de cualquier otro imperativo, pero también su contrario, el de la luz que tenuemente destila del crepúsculo recordándonos que también las sombras, como los dioses, mueren... sólo tienen que humanizarse.

En República Dominicana...

También se aprecia que llegamos a un punto de inflexión en la "intersección" donde la acción política y la ética, se supone deben encontrarse. Llegar a ese punto, vale decir, al cambio radical del enfoque y la conducta moral de gobernantes y gobernados respecto a los antiguos valores predominantes, nos costó el largo recorrido de la interminable transición democrática. En ese sentido, la insurrección guerrillera del 1963 y la guerra de abril del 65 son dos hitos que revelan la fusión de la acción política centrada en una nueva ética que se legitima a sí misma, deontológica y axiológicamente. En consecuencia, los resultados de la acción política en ambos casos, se expresaron también como imposibilidad de legitimar la nueva normatividad con la que se establecería el lazo entre Estado y sociedad.

Pero el fracaso de esas tentativas no se dio en el aire, sobre sus respectivos cadáveres se levantó un proyecto político que en el campo de la ética "democratizó" determinados valores de la dictadura. De ese modo, toda la estrategia de funcionamiento del modelo balaguerista de los doce años, éticamente se construyó en la justificación de los medios por los fines. Así, el desencadenamiento de la represión política articuló novedosos mecanismos de acumulación de capital tanto para nuevos actores de sustentación autoritaria del régimen (nueva élite burocrática militar) como los emergentes sectores burgueses aletargados durante la tiranía. Estos últimos continuaron la tradición trujillista de violar la propia legitimidad del sistema para agenciarse ganancias extraordinarias, además de eficientizar el uso de mecanismos extraeconómicos para competir deslealmente en el mercado (contrabando, tráfico de influencia, evasión fiscal, entre otros)

En la transición también estrenamos una relación más orgánica con el mundo occidental. El desarrollo inaudito de los medios de comunicación de masas en el país, al tiempo que disuelve el aislamiento que amparado en la insularidad mantuvo la tiranía, también nos expuso sin mediaciones a los valores predominantes en el mundo occidental. Hoy, los valores que aludíamos como propios de la era de la posmoradilad, se funden con aquellos que germinaron en la postrimería de los años sesenta, con pretensión de validarse éticamente. Pero tal validación no es posible en un medio donde crecimiento económico no ha implicado la disminución de la pobreza y la exclusión.

La demanda de mecanismos que vigilen y limiten al poder, presiona y confirma el hecho de que no es negando ni la relación, ni la autonomía relativa entre ética y política que podemos desde ésta última, actuar en teniendo al bien común como principal imperativo en la relación entre gobernantes gobernados. De eso nos encargaremos en una nueva entrega.

Areyto, suplemento cultural de Hoy, 9 y 18 de diciembre 2006